MANDAMIENTO X: Recordarás siempre que tú también eres agua
«Honrar el agua es honrar lo que eres»
Porque olvidarlo es perder la llave de tu propia existencia
El agua no sólo está en el mundo: está en ti. No la contemplas desde fuera; la llevas dentro como esencia, arquitectura y destino. Más del setenta por ciento de tu cuerpo es agua: agua que piensa, que sueña, que siente, que recuerda sin recordar. Agua que circula, que transporta vida, que regula tu temperatura, que sostiene tus órganos, que hace posible cada impulso eléctrico de tu cerebro. Somos, en el fondo, un río consciente envuelto en piel.

El Mandamiento X nos recuerda algo que la ciencia confirma y la filosofía intuye: el agua no es un elemento externo a la vida humana, sino su materia prima y su condición interior. Olvidar que somos agua es olvidar lo que realmente somos: flujo, cambio, vulnerabilidad, transparencia, memoria, ritmo. Es creer que estamos separados de la naturaleza cuando, en realidad, somos su expresión más delicada.
Cada latido es una ola.
Cada inhalación es una marea.
Cada pensamiento es un movimiento imperceptible de corrientes internas.
Somos agua que vibra, que se ordena, que se comunica, que sostiene la conciencia con la misma suavidad con que sostiene un pequeño pez en un lago.
Recordar que somos agua cambia todo. Cambia nuestra relación con el cuerpo, con la tierra, con los demás. Nadie destruye un río si siente que ese río está en su sangre. Nadie desperdicia una gota si entiende que esa gota es pariente de sus lágrimas. Nadie contamina un lago cuando sabe que ese lago respira dentro de él.
Este mandamiento es, por tanto, una revelación ética: lo que hacemos al agua, nos lo hacemos a nosotros mismos.
En un planeta donde millones olvidan esta verdad, el resultado es devastador: suelos rotos, ríos enfermos, océanos saturados de plástico, atmósferas saturadas de dolor. Porque cuando una civilización olvida lo que la compone, se destruye desde adentro.
Pero cuando lo recuerda, se transforma.
Este mandamiento nos invita a una reconciliación. A mirar nuestro cuerpo como un pequeño planeta: con océanos internos, corrientes cálidas y frías, tormentas emocionales, evaporaciones de ideas, sedimentaciones de memoria. Somos, literalmente, un microcosmos. Y si cuidamos nuestro interior como cuidamos un santuario, entonces cuidaremos el mundo con la misma devoción.
Recordar que eres agua también es recordar la humildad: no somos eternos; somos tránsito. La misma molécula que hoy hidrata tus células pudo haber formado parte de un glaciar hace mil años, de una nube hace diez, de un océano hace mil millones. El agua no reconoce fronteras entre lo humano y lo natural: es la misma en todos los tiempos y en todos los seres.
Este mandamiento no concluye el decálogo: lo consagra.
Es la llave que los une, porque cada uno de los nueve anteriores adquiere sentido sólo si entendemos este último.
Si eres agua, entonces cuidar el agua es cuidarte.
Si eres agua, entonces negarla es negarte.
Si eres agua, entonces protegerla es un acto de identidad, no de obligación.
Recordarlo es despertar.
Olvidarlo es dormirse en el borde del abismo.
Que este mandamiento se quede contigo como una certeza luminosa:
Tú no estás frente al agua. Tú eres agua.
Y la vida espera que honres esa verdad.





