Donde el agua toca, despierta la vida

MANDAMIENTO VIII: No negarás el agua a quien la necesite

«Nadie más debe tener sed bajo el mismo cielo»

Porque la sed no reconoce fronteras, credos ni banderas

La sed es la experiencia más democrática del mundo. Le ocurre por igual al poderoso y al humilde, al sabio y al ignorante, al creyente y al escéptico. La sed no distingue lenguas, patrias ni ideologías: simplemente recuerda, con una claridad casi cruel, que somos criaturas dependientes del agua. Y que, sin ella, todo lo que nos separa o divide pierde importancia, porque ninguna identidad sobrevive a la deshidratación.

El Mandamiento VIII proclama una verdad profunda y universal: negar agua es negar humanidad. Donde se disputa por el agua, se deteriora la civilización; donde se comparte, florecen la convivencia y la paz. El agua es la forma más simple y más alta de hospitalidad: un gesto básico que revela la ética real de una sociedad.

Este mandamiento no es sólo una invitación a la generosidad; es una advertencia moral. En un mundo donde el agua se vuelve cada vez más escasa en algunos territorios, la tentación de convertirla en herramienta de poder, control o exclusión crece peligrosamente. Pero una comunidad que niega agua pierde su alma antes que sus recursos. Porque el agua nunca fue un premio: es un vínculo sagrado entre todos los seres que viven en el planeta.

Dar agua es dar vida. Y retenerla injustamente es interrumpir el ciclo que permite que otros existan. Por eso, este mandamiento nos llama a reconocer que cada uno de nosotros es guardián del derecho ajeno a beber. No es un acto político, sino humano; no es un favor, sino una responsabilidad; no es caridad, sino justicia.

Negar agua puede adoptar formas visibles o invisibles. Puede ser cerrar un pozo comunitario, contaminar un manantial, desperdiciar en exceso, privatizar sin ética, administrar con indiferencia, o simplemente mirar hacia otro lado cuando alguien sufre sed. La negación también es sistémica: políticas injustas, infraestructura abandonada, desigualdad en la distribución, corrupción que desvía recursos destinados a los más vulnerables.

Pero este mandamiento propone un camino completamente distinto: la solidaridad hídrica. Entender que el agua es la base material y espiritual de la comunidad humana. Que compartirla no debilita, sino fortalece. Que al ofrecer agua estamos honrando un pacto milenario: la Tierra nos la da, y nosotros debemos asegurarnos de que llegue a todos.

En la tradición de innumerables culturas, ofrecer agua al visitante era un acto sagrado, equivalente a ofrecer protección. Devolver al mundo esto que fue común durante milenios es volver a poner en pie la dignidad humana.

Quien da agua, da futuro.
Quien la niega, corta el hilo que une al individuo con la humanidad.

El Mandamiento VIII es un recordatorio definitivo: ningún ser vivo debe padecer sed mientras otros tienen el poder de evitarlo. Y toda sociedad que aspire a llamarse civilizada debe garantizar que el agua sea un derecho innegociable y universal.