Donde el agua toca, despierta la vida

MANDAMIENTO VII: No ensuciarás lo que otros necesitan limpio

«La pureza que cuidas hoy, alguien la beberá mañana»

El agua que tocas no te pertenece sólo a ti.

El agua no es un bien privado: es un puente entre seres. Ninguno de nosotros la recibe virgen; ninguno la entrega intacta por completo. Somos un tramo en su viaje inmenso, un instante en su historia milenaria. Por eso, toda contaminación —por pequeña que parezca— es una forma de injusticia: se daña a quienes vendrán detrás, a quienes dependen del mismo cauce, a quienes no tuvieron voz en la decisión.

El Mandamiento VII nos enseña que la pureza del agua no es un privilegio, sino una responsabilidad compartida. El río que hoy naces turbio, mañana inundará fogones, sembradíos, sueños y cuerpos. La fuente envenenada de esta tarde será la enfermedad de mañana. La basura liberada "sin importancia" será la carga que alguien, en algún lugar, tendrá que purificar, pagar o padecer.

Hay una ética profunda en la limpieza del agua. No es higiene: es respeto.
No es orden: es solidaridad.
No es estética: es justicia.

Cualquier contaminante —un plástico, un vertido químico, un aceite derramado, un residuo invisible— transforma el agua de sustento en amenaza. Y aunque los humanos somos los primeros en sufrirlo, no somos los únicos: peces asfixiados, aves impregnadas, suelos saturados, árboles enfermos, microorganismos destruidos. La contaminación del agua es siempre una cadena completa de sufrimiento.

Pero este mandamiento no sólo condena la acción directa; también condena la indiferencia.
Porque ensuciar no es sólo arrojar: es permitir.
Es mirar un cauce herido y no hacer nada.
Es callar cuando un vertedero ilegal se abre.
Es comprar sin conciencia.
Es creer que si el agua sigue corriendo, sigue viva.

El agua recuerda lo que tocamos.
La suciedad que soltamos en un desagüe viaja.
Viaja kilómetros, atraviesa ciudades, cruza océanos, se concentra, muta, regresa.
Nada se pierde: todo se transforma… en bien o en daño.

Este mandamiento exige una revolución silenciosa:
usar menos tóxicos, elegir mejor, reciclar, filtrar, evitar, denunciar, reparar.
Es convertir la limpieza del agua en un gesto cotidiano y sagrado:
como rezar, como dar gracias, como cuidar al enfermo o al niño.
Porque cada gota limpia que dejamos al mundo es una forma de bondad.

El Mandamiento VII proclama que la pureza del agua es un derecho universal, y por tanto su contaminación es una falta moral. El agua que hoy dejamos turbia será mañana el agua que otro deberá beber, hervir, sembrar, bautizar o llorar.

No ensucies lo que otro necesita para vivir.
No manches lo que sostiene la vida.
No entregues al futuro una carga que tú mismo no podrías soportar.

El agua pide poco: llegar limpia a las manos que la esperan.