Donde el agua toca, despierta la vida

MANDAMIENTO VI: No desperdiciarás el agua, pues cada gota tiene destino

«La sabiduría empieza al cerrar una llave»

El desperdicio es una forma silenciosa de violencia. No suena, no grita, no rompe nada de inmediato… pero erosiona, agota, hiere. El agua no desaparece cuando la dejamos correr: se pierde de nosotros, pero también se pierde de sí misma. Se malgasta su tiempo, su recorrido, su propósito. Una gota que se desperdicia no es sólo una cantidad insignificante: es un fragmento de río que no nació, una nube que no llegó a formarse, una vida que no pudo florecer.

Mandamiento VI
Mandamiento VI

El Mandamiento VI proclama una verdad antigua: el agua nunca sobra. Incluso en los lugares más húmedos del planeta, su equilibrio depende de una danza precisa entre el cielo, la tierra y la vida. El desperdicio rompe esa danza, descompone el ritmo, crea sequías invisibles que un día se vuelven reales.

El agua no es un lujo ni un comodín: es la única sustancia sobre la Tierra que puede estar en todas partes y, al mismo tiempo, ser insuficiente en todas. Allí donde se dilapida, otro lugar sufre. Allí donde se malgasta, otro pueblo tiene sed. Porque el planeta es uno solo y su ciclo es indivisible. 

Este mandamiento nos llama a una práctica espiritual y cotidiana: la sobriedad hídrica. No se trata de vivir con miedo al uso, sino con conciencia del sentido. Cada vez que abrimos una llave, abrimos la memoria del planeta; cada vez que la cerramos, honramos su futuro.

Desperdiciar agua es despreciar los siglos que tardó en filtrarse entre las rocas, los meses que el sol necesitó para levantarla desde el mar, los días que viajó como nube para convertirse nuevamente en lluvia. Es olvidar que toda gota tiene historia, y toda historia merece respeto.

Este mandamiento también es una invitación a que la humanidad abandone su arrogancia: no somos los dueños de las fuentes, somos sus beneficiarios temporales. El agua nos sostiene, pero no nos pertenece. Y cuando no la cuidamos, algo en nosotros se vuelve más pobre, más torpe, más lejos de la sabiduría elemental de la naturaleza.

No desperdiciar es un acto de amor. Amor por la Tierra, por los que viven ahora y por los que vivirán después. Es una declaración silenciosa de gratitud: "Yo sé que vienes de lejos, que tu viaje fue largo, que eres antigua y necesaria. No te usaré sin pensar".

Así, cada gesto —cerrar un grifo, reparar una fuga, evitar un exceso— se convierte en ritual. Y el ritual se convierte en cultura. Y la cultura se convierte en una civilización digna del agua que la sostiene.

El Mandamiento VI nos recuerda que cada gota que cuidamos es un futuro que preservamos.
El agua no exige sacrificios, sólo atención.
No demanda renuncias, sólo respeto.
Y ese respeto empieza con lo más simple: no desperdiciar jamás lo que hace posible la vida.