MANDAMIENTO IV — No romperás el equilibrio de los ciclos del agua
"Donde rompes el ciclo, rompes la vida"
Porque alterar el flujo es alterar la vida misma.
El agua es la coreografía silenciosa del planeta. Nada en ella ocurre por azar: cada corriente responde a la gravedad, cada nube a la temperatura, cada río a un diseño más antiguo que la memoria humana. Los ciclos del agua —evaporación, condensación, precipitación, infiltración, retorno— son los latidos fundamentales de la Tierra. Intervenirlos de forma irresponsable es tocar el pulso mismo del mundo.

Este mandamiento nos recuerda que el equilibrio hídrico no es un lujo ecológico, sino la arquitectura básica de la vida. Cuando secamos un humedal para construir sobre él, debilitamos el sistema inmunológico del planeta. Cuando desviamos un río sin escuchar a sus márgenes, rompemos la geometría que sostiene bosques, aves, peces y culturas enteras. Cuando drenamos un acuífero más rápido de lo que el tiempo puede reponer, hipotecamos el futuro de quienes aún no han nacido.
El agua fluye porque la vida fluye; y cuando su flujo se detiene, la vida se encoge.
Romper el equilibrio no es sólo un daño ambiental: es una fractura moral. Es decidir, aunque no lo declaremos, que nuestra comodidad vale más que la armonía del mundo. Pero este mandamiento nos recuerda la verdad contraria: la grandeza humana comienza cuando entendemos que el equilibrio no es un límite, sino un deber sagrado.
La Tierra tiene una sabiduría hidráulica que no necesita correcciones. Durante millones de años ha guiado ríos, creado lagos, levantado nubes y tallado cañones sin cometer un solo error. Nuestros desbalances —sequías donde había bosques, inundaciones donde había valles fértiles, salinización donde había vida dulce— no son catástrofes naturales: son catástrofes culturales.
Honrar este mandamiento significa mirar al agua con humildad científica y reverencia espiritual:
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Proteger los bosques que regulan la lluvia.
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Respetar los cauces antiguos de los ríos.
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Cuidar los glaciares que sostienen estaciones enteras.
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Restaurar acuíferos y humedales como si fueran templos.
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Entender que todo lo que vertemos, desviamos o contaminamos vuelve tarde o temprano a nuestras propias manos.
El equilibrio de los ciclos del agua no es frágil: es extraordinariamente fuerte, pero no infinito. El agua puede perdonar muchas cosas, excepto ser tratada como una máquina sin alma.
Quien cuida el equilibrio del agua cuida su propia existencia.
Quien lo rompe se rompe a sí mismo.
Porque el agua siempre sigue su curso;
pero también nos enseña que cada curso tiene consecuencias.





