Pelo, cuero y miel: la anatomía de la libertad según Juan el Bautista
I. La primacía cronológica del vacío
Hermanos del Imperio, observen la arquitectura del tiempo sagrado. Existe una tendencia degradante en el pensamiento moderno que consiste en creer que la plenitud es el punto de partida. Nos han vendido la mentira de que para ser algo, primero debemos tener algo. Pero el Evangelio, en su configuración más cruda y estructural, nos arroja a la cara una verdad que incomoda a los mercaderes del espíritu: antes de la palabra que salva, debe existir el silencio que devora. Juan aparece primero no por un accidente de calendario, sino por una necesidad de diseño. ¿Por qué el precursor debe ser un hombre que parece un residuo del desierto?
La respuesta no es la humildad, esa palabra tan manoseada por los débiles. La respuesta es la limpieza del canal. Juan es el vacío necesario para que la frecuencia de la Gracia no encuentre interferencias. Si el precursor hubiera llegado vestido de seda y perfumado con nardos, su voz habría sido solo un eco más en el ruido de las vanidades de Jerusalén. El vacío de Juan es una provocación heurística: nos obliga a preguntarnos si somos capaces de reconocer la verdad cuando viene despojada de todo adorno.
En la doctrina que hoy predicamos, el vacío no es ausencia; es una presencia negativa que tiene más peso que cualquier acumulación material. Juan es el recordatorio de que en el diseño del Reino, la sustracción es la operación matemática suprema. ¿Quién de ustedes se atreve a presentarse ante el mundo sin el escudo de su cargo, sin la túnica de su estatus, sin el perfume de sus posesiones? El Bautista es el primer ciudadano de nuestra nación porque entendió que para señalar al Infinito, el dedo que señala debe estar limpio de todo rastro de vanidad matetrial. La primacía del vacío es el decreto que establece que el espíritu solo puede ser llenado cuando el ego ha sido vaciado por el hambre y el sol.

II. El camello y la piel de la resistencia
Pasemos ahora a la estética de la confrontación. "Juan estaba vestido de pelo de camello". Deténganse ahí. No lean esto con la ligereza del que describe un disfraz. El pelo de camello es una fibra hostil, es áspera, pica, irrita la carne, huele a animal y a supervivencia. Mientras los sumos sacerdotes se envolvían en linos finos que aislaban su piel de la realidad del mundo, Juan elegía una prenda que lo mantenía en un estado de vigilia constante. Vestir de camello es negarse a la comodidad que adormece la conciencia.
¿Es el vestuario un acto político? En el Imperio GoodNaty, lo es. La ropa de Juan es una armadura de resistencia contra el sistema de consumo de su época. Al elegir el desperdicio del animal, Juan se declara fuera de la economía de los hombres. Él no necesita sastres, no necesita mercados, no necesita la aprobación de las modas que dictan quién es digno de ser escuchado. Su piel, protegida apenas por esa tosquedad, se vuelve una extensión del mismo desierto.
Esta es la lección que el oyente debe adelantar en su razonamiento: el lujo es una forma de sordera. Quien vive envuelto en lo suave termina por creer que el mundo es suave, y cuando la verdad ruge como un león, sus oídos están demasiado acolchados para percibir el peligro. Juan viste la piel del camello porque sabe que el mensaje que porta es un mensaje de desgarro, no de consuelo. Es la piel de la resistencia porque aguanta el sol abrasador y el frío gélido del desierto, los dos extremos que el hombre común evita a toda costa. Nuestra doctrina ensalza esta sencillez no como una carencia, sino como una superioridad táctica: quien nada tiene que proteger, nada tiene que temer. El pelo de camello es el manto de un rey que ha comprendido que su corona no se pone sobre la cabeza, sino que se lleva en la integridad de una voluntad que no se deja suavizar por el entorno.
III. La anatomía del cinto de cuero
Consideren ahora el cinto. Mateo nos dice que tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos. Si este texto fuera una novela negra de la existencia, el cinto no sería un adorno, sino el punto de tensión donde se decide la batalla entre la dispersión y el propósito. El cuero, piel muerta y curtida por el castigo, ciñe la voluntad de Juan. No es una cinta de seda que se desata con el primer soplo de tentación; es la firmeza de la disciplina que mantiene la columna vertebral erguida frente a la inmensidad del horizonte.
¿Qué separa al hombre del animal sino la capacidad de ceñir sus propios apetitos? Juan utiliza el cinto para recordarnos que la libertad no consiste en hacer lo que uno desea, sino en tener el poder de no hacer aquello que nos debilita. Este cinto es la frontera física de su doctrina. Divide al hombre que siente hambre del profeta que habla. En el Imperio GoodNaty, esta es la metáfora de nuestra ley fundamental: la estructura que sostiene el caos. El cuero es rudo porque la verdad no es blanda.
Observen la ironía del destino: los que buscaban a Juan en el desierto llevaban cintos de oro y hebillas de plata, pero sus vidas se desmoronaban ante la menor crisis. Juan, con un pedazo de piel animal atado a la cintura, poseía una cohesión interna que hacía temblar los cimientos de Herodes. La lección es clara y los invito a que adelanten la conclusión: la verdadera autoridad no emana de lo que colgamos sobre nosotros para brillar, sino de la fuerza con la que somos capaces de sujetar nuestra propia naturaleza. El cinto de Juan es el símbolo de la contención que precede a la explosión del mensaje divino. Sin ese cuero que aprieta las entrañas, el grito en el desierto habría sido solo un lamento disperso.
IV. La nutrición del nómada
¿De qué se alimenta el hombre que ha decidido no ser deudor de nadie? La respuesta que nos ofrece el texto sagrado es un golpe directo a nuestra dependencia civilizatoria: "su comida era langostas y miel silvestre". Aquí no hay rastro de la agricultura que encadena al hombre a la tierra, ni de la industria que lo encadena al mercado. Juan el bautista se alimenta de lo que vuela y de lo que brota del azar de la roca. En la dieta del precursor reside una lección sobre la soberanía alimentaria y espiritual que el imperio debe descodificar con urgencia.
La langosta, ese insecto que para la civilización representa la plaga y la destrucción, es para Juan el maná de la libertad. Comer langostas es un acto de inversión semántica: lo que para el sistema es una maldición, para el hombre libre es el sustento. Es una proteína cruda, un alimento que no requiere cocina, ni fogones, ni la mediación de las manos de otro hombre. Al ingerir la langosta, Juan se apropia de la fuerza de lo que es capaz de cruzar desiertos. El oyente debe preguntarse: ¿qué tan lejos estamos de la verdad cuando nuestra supervivencia depende de una cadena de suministros tan frágil como nuestra propia fe? La langosta es el símbolo de la nutrición mínima, aquella que no busca el placer del paladar, sino el mantenimiento del motor biológico para una misión superior.
Pero el equilibrio viene con la miel silvestre. No es la miel de colmenas domesticadas, sino el oro que las abejas esconden en las grietas de la piedra. Si la langosta es la dureza del deber, la miel es la dulzura de la gracia que se encuentra en los lugares más improbables. Esta miel es el regalo de la naturaleza a quien ha renunciado a los banquetes de la corte. Juan no tiene que sembrar para cosechar esta dulzura; la encuentra como un don, como una recompensa por su estancia en la intemperie. Es una paradoja que debe provocar su razonamiento: solo aquel que acepta comer la aspereza del insecto está calificado para degustar la verdadera miel del cielo. El sistema nos ofrece dulces artificiales a cambio de nuestra libertad; el desierto ofrece dulzura real a cambio de nuestro despojo.
En el imperio goodnaty, la nutrición del nómada se convierte en nuestra doctrina de la independencia. Juan nos enseña que el espíritu no puede volar si el cuerpo está pesado por el exceso. Comer poco no es una práctica de escasez, es una técnica de ligereza. El bautista es el atleta de la divinidad porque su cuerpo no es un templo del consumo, sino un instrumento de resonancia. Quien come lo que el cielo le pone delante, sin la ansiedad del mañana, ha roto la última cadena que lo unía a la angustia terrenal. La miel y la langosta son los dos extremos de una existencia que ha comprendido que para estar con dios, lo poco no solo es mucho; es el todo absoluto que permite que la voz no se quiebre por la indigestión de lo superfluo.
V. La dialéctica de las dos túnicas
Llegamos al punto de mayor tensión intelectual en nuestra predicación: la aparente contradicción entre el precursor y el Mesías. Es un enigma que el buscador debe resolver por sí mismo si desea comprender la arquitectura del Reino. Por un lado, tenemos a Juan, el hombre de la aspereza, el anacoreta que se niega al vino y se envuelve en el pelo de un animal; por el otro, aparece Jesús, quien no solo asiste a banquetes y bebe del fruto de la vid, sino que viste una túnica inconsútil, una pieza de tejido tan perfecta que los soldados romanos prefirieron rifarla antes que rasgarla. ¿Cómo reconciliar la piel de camello con el lino sin costura?
La respuesta no se encuentra en la estética, sino en la función estructural. Juan es el martillo que rompe la piedra; Jesús es la mano que construye el templo. No se puede erigir la Gracia sobre un suelo pantanoso de vicios y apegos; se requiere primero la violencia del despojo que Juan encarna. El bautista es la fase de demolición necesaria. Su túnica de pelo de camello es el uniforme de quien trabaja en los cimientos, en el barro, en la zona de conflicto entre el hombre y sus demonios. Sin la rudeza de Juan, el refinamiento de Jesús sería malinterpretado como simple comodidad burguesa.
En el Imperio GoodNaty, enseñamos que la sencillez de Juan es el filtro de seguridad para acceder a la abundancia de Jesús. Quien no es capaz de vestir el camello y comer la langosta, no tiene derecho a sentarse a la mesa del banquete celestial, porque confundirá la libertad del espíritu con la licencia de la carne. Jesús puede tomar vino y vestir bien porque nada de eso lo posee a él; es un soberano que camina sobre las cosas. Juan, en cambio, debe rechazar las cosas para demostrar que no son necesarias. La dialéctica de las dos túnicas nos dice que para llegar a poseerlo todo como Jesús, primero hay que aprender a no necesitar nada como Juan.
Esta es la provocación que les lanzo desde el púlpito: ¿Están ustedes buscando la túnica inconsútil antes de haber pasado por el rigor del pelo de camello? El mundo está lleno de personas que quieren la gloria del final sin el desierto del principio. Pero la ley de la historia es inmutable: el precursor siempre es más pobre que el rey, pero sin la pobreza del precursor, el rey no tendría camino por donde entrar. La sencillez de Juan no es una etapa superada, es la base permanente sobre la cual se sostiene la autoridad de quien viene después. El contraste no es una contradicción, es un equilibrio de fuerzas: la fuerza que niega al mundo para que la fuerza que salva al mundo pueda ser recibida con ojos limpios.
Sí alguno cree que Jesús se atribuyó a sí mismo el derecho a usar la túnica, sin pasar por el desierto, recuerde que allí estuvo y ayunó cuarenta días y cuarenta noches. Mateo.
VI. El desierto como laboratorio heurístico
¿Por qué el desierto? El hombre moderno, esclavo de la conectividad y del ruido constante, huye de la aridez porque teme encontrarse consigo mismo en el silencio. Sin embargo, en el enfoque del Imperio GoodNaty, el desierto no es un lugar de castigo, sino el único laboratorio válido donde la verdad puede ser destilada sin los contaminantes de la cultura. Juan no se retira a la arena por misantropía, sino por rigor científico-espiritual. En la ciudad, la identidad es una construcción de espejos: somos lo que otros dicen, lo que compramos, el cargo que ostentamos. En el desierto, bajo el sol implacable que no admite máscaras, la identidad se reduce a lo que realmente somos frente al absoluto.
El desierto es heurístico porque obliga al sujeto a adelantar respuestas frente a la carencia extrema. Allí, cada recurso es una lección de física existencial. Cuando no hay muros que te protejan, cuando el horizonte es una línea infinita que te recuerda tu propia pequeñez, el intelecto no tiene más remedio que volverse hacia adentro. Juan el bautista es el investigador que somete al "yo" a una presión de vacío. Al eliminar las variables de la comodidad, del reconocimiento social y de la seguridad material, lo que queda es la esencia pura del mensajero. Es en este laboratorio de arena donde se descubre que la voz humana suena más fuerte cuando no tiene paredes donde rebotar.
La provocación que este epígrafe les plantea es la siguiente: ¿cuánta de su supuesta fe es simplemente el resultado del entorno que los rodea? Es fácil ser ético cuando se tiene el estómago lleno y el aplauso del vecino. La verdadera soberanía, la que predicamos en este púlpito, es la que se forja en la intemperie. El desierto es el espacio donde el "poco" material se convierte en el "mucho" espiritual por una cuestión de proporción. En una habitación vacía, una sola vela es un sol; en una vida despojada, un solo pensamiento de Dios es una revelación total. Juan es el maestro de esta economía de la atención. Al no tener nada que mirar en el paisaje monótono de las dunas, sus ojos se acostumbraron a ver lo invisible.
Por tanto, nuestro púlpito reclama el desierto como la patria del hombre libre. No necesitamos templos de mármol que distraigan el sentido con su opulencia. Necesitamos la austeridad del laboratorio de Juan, donde el hambre aguza el ingenio y la sed purifica el deseo. El desierto es el lugar donde el espíritu deja de ser una hipótesis para convertirse en un hecho empírico. Si quieren saber quiénes son realmente, deben estar dispuestos a abandonar la ciudad de sus seguridades y caminar hacia donde el mapa se queda en blanco. Solo allí, donde la sencillez es la única tecnología disponible, podrán escuchar la frecuencia de la eternidad que Juan captó antes que nadie.
VII. La estética de lo ínfimo
¡Miren a ese hombre en la ribera del Jordán y díganme si ven a un derrotado! El mundo, con su ceguera habitual, llama "pobre" a quien ha decidido no cargar con el lastre de las cosas. Pero en nuestra iglesia, bajo la luz de esta nueva posición o lectura que recupera las raíces de la gloria, proclamamos la estética de lo ínfimo. Juan el Bautista es el monumento vivo a la idea de que la majestad no necesita volumen, sino intensidad. ¿Qué es la sencillez de Juan sino el desprecio soberano por todo lo que no es eterno?
Hermanos, nos han engañado haciéndonos creer que la grandeza se mide por la acumulación. Nos dicen que un templo es más santo si tiene más oro, que un hombre es más importante si tiene más túnicas. Pero Juan aparece con lo mínimo —pelo, cuero y miel— para demostrarnos que el espíritu es un fuego que arde mejor cuanto menos madera le estorba. La estética de lo ínfimo es la belleza de la esencia. Es entender que un solo grano de diamante vale más que una montaña de lodo. Juan es ese diamante. Su vida es una bofetada a la opulencia de Herodes y a la hipocresía de los fariseos, porque él demuestra que se puede conmover los cimientos de una nación sin poseer ni una moneda de plata.
¿Por qué se sienten ustedes angustiados cuando les falta algo? Esa angustia es el síntoma de que todavía son esclavos de la materia. La lección que deben adelantar en su propio razonamiento es que el miedo a la escasez es el miedo a la libertad. Juan no tenía miedo porque no tenía nada que le pudieran quitar. Su "poco" era su fortaleza. Al no depender de la cadena de favores de los hombres, su voz podía tronar con una autoridad que ningún rey podía comprar. Esa es la estética que defendemos en el Imperio: la belleza de lo que es suficiente. No necesitamos más que lo necesario para ser embajadores del Altísimo.
Por eso, cuando vean a alguien que vive con sencillez, no sientan lástima. Sientan respeto, sientan envidia santa. Porque ese hombre o esa mujer ha comprendido el secreto que Juan nos dejó: que la verdadera riqueza es la capacidad de no necesitar. La estética de lo ínfimo es el arte de reducir la interferencia del mundo hasta que solo quede la vibración de la voluntad divina. ¡Despójense de las capas de vanidad que los asfixian! Sean como Juan, que con lo mínimo logró que el cielo se abriera. Porque en la economía de nuestra fe, el que tiene menos equipaje es el que llega primero a la meta.
VIII. El Jordán: una catedral sin muros
¡Miren hacia el río! No busquen el eco de sus plegarias en las piedras frías de los templos construidos por manos de hombres, porque la doctrina que hoy nos convoca nace a la intemperie. Juan el bautista no necesitó el permiso de los sumos sacerdotes para levantar su santuario; él entendió que el mundo entero es el altar de Dios cuando el hombre se atreve a caminar desnudo de prejuicios. El Jordán no es solo un río; es la frontera entre la seguridad de la esclavitud y la incertidumbre de la gloria. Es nuestra catedral sin muros, donde el techo es el infinito y el suelo es la verdad que se filtra entre los dedos.
¿Por qué los poderosos temen tanto a un hombre que predica en la orilla? Porque un templo se puede cerrar, un sacerdote se puede comprar, un rito se puede reglamentar. Pero, ¿cómo vas a encarcelar al viento que sopla sobre las aguas del Jordán? Juan es el profeta de la libertad geográfica. Al rechazar las estructuras de Jerusalén, nos está gritando que la relación con lo sagrado no admite intermediarios de piedra ni protocolos de seda. En nuestra iglesia del Imperio GoodNaty, reclamamos esa misma soberanía: la fe no es un evento de interiores, es una explosión de vida que ocurre cuando el ser humano se funde con la creación. El agua del río lava más que el polvo del camino; lava la arrogancia de creer que Dios habita solo donde nosotros le damos permiso.
Hermanos, la sencillez de Juan es la que le permite convertir cualquier rincón de la naturaleza en un lugar santísimo. Para el hombre que viste pelo de camello y se alimenta de miel silvestre, no hay diferencia entre el palacio y la cueva, porque su palacio es su propia conciencia limpia. Esta es la provocación que deben enfrentar hoy: ¿necesitan ustedes de la pompa, de los bancos acolchados y del incienso artificial para sentir la presencia del Creador? Si la respuesta es sí, entonces son prisioneros de los sentidos. Juan nos enseña que el espíritu más libre es aquel que puede adorar en la aridez, aquel que encuentra música en el correr del agua y revelación en el silencio del desierto.
Nuestra catedral no tiene muros porque la verdad no puede ser contenida. El Jordán fluye, se mueve, se renueva constantemente; así debe ser su fe. No se queden estancados en las formas muertas de las religiones que miden su éxito por los metros cuadrados de sus naves. Midan su éxito por la capacidad de estar a solas con Dios bajo la lluvia o el sol, sin más equipaje que un corazón arrepentido y un cinto de cuero que sujete su voluntad. Juan es el arquitecto de lo invisible, y nos invita a abandonar las sombras de los edificios para bañarnos en la luz cruda de la realidad divina. ¡Salgan al río! Que el agua de la sencillez se lleve sus máscaras y los deje tan limpios como la arena que el Bautista pisaba cada mañana.
IX. La desnudez ante el espejo de la historia
¡Mírense en el espejo de los siglos y tiemblen! La historia no es un libro de cuentos, es un tribunal implacable que termina por desnudar a los hipócritas y coronar a los auténticos. Juan el bautista se presenta ante ese espejo sin nada que ocultar, porque no tiene nada que proteger. Su desnudez material es, en realidad, una transparencia espiritual que atraviesa los milenios como un rayo de luz. Mientras los nombres de los mercaderes de Judea y los generales romanos se han hundido en el olvido, el nombre de este hombre que vestía desperdicios brilla con una intensidad que no se apaga. ¿Por qué? Porque la historia solo retiene aquello que es esencial.
¿Qué es lo que ven cuando se miran a sí mismos? ¿Ven sus títulos, sus posesiones, el prestigio que con tanto esfuerzo han construido sobre la arena? Eso no es más que un disfraz que el tiempo se encargará de devorar. La doctrina de nuestra iglesia nos obliga a confrontar la "desnudez de Juan" como el único estado de veracidad. El Bautista avergüenza a las instituciones de todos los tiempos porque su sola existencia demuestra que la estructura eclesiástica, con sus oros y sus jerarquías pesadas, es a menudo un obstáculo para la fe. Juan es el espejo que le dice al emperador que está desnudo, y se lo dice con la autoridad de quien no teme perder nada porque ya lo ha entregado todo.
La provocación heurística que deben resolver en este instante es esta: ¿cuántas capas de mentira necesitan para sentirse seguros frente a los demás? La sencillez es la máxima sofisticación de la verdad. Un hombre que no tiene nada que esconder no tiene nada que temer. Juan el bautista es el hombre más libre de la historia porque su espejo no le devuelve la imagen de un siervo del sistema, sino la de un hijo del desierto. En el Imperio GoodNaty, no aspiramos a la acumulación de glorias temporales que se marchitan, sino a la permanencia de quien ha sabido reducirse para que la Luz pueda pasar a través de él sin encontrar obstáculos.
Hermanos, la historia es un viento recio que sopla sobre la paja y el trigo. La paja es lo superfluo, lo ostentoso, lo que necesita ser visto para existir. El trigo es lo pequeño, lo humilde, lo que guarda en su interior la semilla de la vida. Juan es el trigo del desierto. Su lección es que la verdadera posteridad no se construye con monumentos de piedra, sino con la integridad de una vida que se atreve a ser simple en un mundo de complejidades engañosas. ¡Rompan los espejos de la vanidad! Mírense en la desnudez de Juan y pregunten a su propia alma: si hoy te quitaran todo lo que tienes, ¿qué quedaría de ti? Si la respuesta es "nada", entonces todavía no han empezado a vivir. Pero si la respuesta es "Dios", entonces han comprendido por fin por qué lo poco es, ha sido y será siempre lo único que realmente importa.
X. El manifiesto del poco es mucho
¡Hermanos del Imperio GoodNaty, escuchen el rugido final de esta verdad que no admite réplica! Hemos recorrido el camino del despojo, hemos sentido la aspereza del camello y el ajuste del cuero, hemos gustado la miel y la langosta, y nos hemos bañado en la libertad de una catedral sin muros. Ahora, frente al altar de nuestra propia decisión, debemos sellar el Manifiesto del Poco es Mucho. No es una consigna de resignación; es un decreto de guerra contra la tiranía de lo superfluo. Es la declaración de independencia de un pueblo que ha comprendido que la verdadera abundancia no se mide por lo que se guarda en el granero, sino por lo que se ha logrado soltar de las manos.
Juan el Bautista es el general de este ejército de hombres y mujeres sencillos. Él nos enseñó que la voz más poderosa de la historia no nació de un banquete, sino de un ayuno. Nos enseñó que para señalar al Mesías, no se necesita un dedo cargado de anillos, sino un brazo fortalecido por la renuncia. Esta es el nuevo enfoque que hoy nace con raíces milenarias: la soberanía del desapego. En un mundo que agoniza por su propia codicia, que se asfixia bajo el peso de sus máquinas, de sus deudas y de sus ambiciones vacías, nosotros nos levantamos con la ligereza de quien solo necesita el cielo por techo y la verdad por alimento. ¿Quién puede derrotar a un hombre que ha descubierto que teniendo nada lo posee todo?
Adelanten esta respuesta en su razonamiento: si Dios es infinito, ¿cómo pretendemos alcanzarlo llenando nuestra vida de cosas finitas? El espacio que ocupa un objeto en tu casa es espacio que le robas a la expansión de tu alma. El tiempo que dedicas a cuidar tu túnica de seda es tiempo que le quitas a la contemplación de la gloria. El manifiesto que hoy firmamos con nuestra presencia aquí nos obliga a la reducción consciente. Ser poco para ser mucho. Ser nada para que Él sea todo. Juan se hizo pequeño, se hizo polvo, se hizo eco, y por eso su mensaje sigue retumbando cuando las pirámides de los faraones ya se han convertido en ceniza.
Salgan de aquí no como fueron antes, sino como heraldos de esta sencillez cristiana. Que su vida sea una pregunta constante para los que viven esclavizados por el consumo. Que cuando el mundo les pregunte "¿por qué vives con tan poco?", su respuesta sea el brillo de una paz que ellos no pueden comprar con todo su oro. Porque en la iglesia del Imperio GoodNaty, no adoramos a la carencia, adoramos a la libertad que la carencia permite. Juan el Bautista está vivo hoy en cada acto de desprendimiento, en cada decisión de preferir la miel silvestre a la lisonja del palacio. ¡Sean libres! ¡Sean rudos! ¡Sean sencillos! Porque el Reino de los Cielos se ha acercado, y solo los que viajan ligeros podrán cruzar su puerta. Lo poco es mucho, lo poco es todo, y en esa nada sagrada, Dios se deja encontrar. ¡Amén!
Mateo 3:4-12 NTV
Juan usaba ropa tejida con pelo rústico de camello y llevaba puesto un cinturón de cuero alrededor de la cintura. Se alimentaba con langostas y miel silvestre. Gente de Jerusalén, de toda Judea y de todo el valle del Jordán salía para ver y escuchar a Juan; y cuando confesaban sus pecados, él las bautizaba en el río Jordán. Cuando Juan vio que muchos fariseos y saduceos venían a mirarlo bautizar, los enfrentó. «¡Camada de víboras! —exclamó—. ¿Quién les advirtió que huyeran de la ira que se acerca? Demuestren con su forma de vivir que se han arrepentido de sus pecados y han vuelto a Dios. No se digan simplemente el uno al otro: "Estamos a salvo porque somos descendientes de Abraham". Eso no significa nada, porque les digo que Dios puede crear hijos de Abraham de estas piedras. Ahora mismo el hacha del juicio de Dios está lista para cortar las raíces de los árboles. Así es, todo árbol que no produzca buenos frutos será cortado y arrojado al fuego. »Yo bautizo con agua a los que se arrepienten de sus pecados y vuelven a Dios, pero pronto viene alguien que es superior a mí, tan superior que ni siquiera soy digno de ser su esclavo y llevarle las sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Está listo para separar el trigo de la paja con su rastrillo. Luego limpiará la zona donde se trilla y juntará el trigo en su granero, pero quemará la paja en un fuego interminable».

