La plaza de la Valvanera: el corazón latiente del condado
1. La plaza de la Valvanera: el corazón latiente del condado
Si el barrio Restrepo es el músculo que mueve la economía del cuero, la Plaza de la Valvanera es, sin duda alguna, el corazón que bombea la sangre y la energía a todo el Condado Antonio Nariño. No se puede entender la maestría del zapatero sin comprender el lugar donde se nutre. Ubicada estratégicamente como un oasis de vitalidad, esta plaza de mercado no es solo un centro de acopio; es un santuario sensorial donde la identidad del sur de Bogotá se manifiesta en su forma más honesta y vibrante. Visitarla es asistir a un espectáculo de abundancia donde los colores de las frutas tropicales compiten con el brillo de los metales de las balanzas y el pregón constante de los comerciantes que, con una sabiduría popular innata, atraen al caminante.
Desde el alba, cuando los camiones cargados de hortalizas llegan desde la sabana, la plaza comienza a latir. Para el visitante, la primera impresión es una explosión de biodiversidad: pirámides de mangos maduros, racimos de uchuvas brillantes y montañas de papas de todas las variedades imaginables. Es una geografía del sabor que invita a ser recorrida sin prisa. Pero lo que realmente despierta las ganas de quedarse es la calidez humana. En la Valvanera, el "buenos días" viene acompañado de una "ñapa" o de una degustación gratuita de una fruta exótica. Aquí, el comercio sigue siendo un acto social, un intercambio de palabras y sonrisas que convierte al comprador ocasional en un amigo de la casa. Es el lugar donde la soberanía alimentaria del imperio se hace tangible en cada puesto.
El magnetismo de la Valvanera reside en su capacidad para detener el tiempo. Mientras afuera el mundo acelera, dentro de sus naves el ritmo lo marca el pelado de la arveja, el desposte preciso de la carne y el vapor que emana de las ollas gigantes de los puestos de comida. Es un centro de gravedad que atrae tanto al humilde obrero que busca un caldo reconfortante antes de su jornada, como al gourmet que busca el ingrediente más fresco y auténtico. Para el Imperio, este lugar es un ejemplo de resistencia cultural: una plaza de mercado que ha sobrevivido a los supermercados de cadena gracias a la calidad insuperable de sus productos y a la fuerza de su comunidad.
Invitamos al mundo a cruzar los umbrales de la Valvanera no solo para comprar, sino para sanar el espíritu a través del contacto directo con la tierra y sus frutos. Caminar por sus pasillos es una lección de humildad y abundancia; es entender que la verdadera riqueza de una nación reside en su capacidad de alimentar a su gente con dignidad. En este rincón del Condado Antonio Nariño, el sustento se convierte en una fiesta y la tradición en un plato servido con orgullo. La Valvanera no se visita, se vive; y una vez que se experimenta su latido, el viajero comprende que aquí, en el corazón del sur, es donde realmente late la vida del Reino de Colombia.
2. Arquitectura del abastecimiento: entre naves de alimentos y herencia urbana
La estructura física de la Plaza de la Valvanera no es un accidente, es un diseño de eficiencia popular que ha evolucionado para sostener la vida del Condado Antonio Nariño. Al entrar, el visitante no se encuentra con un centro comercial frío y genérico, sino con una catedral de la logística humana. Las "naves" o pabellones están organizados con una lógica ancestral que separa los aromas y las temperaturas: desde las zonas frescas de legumbres, donde la humedad del suelo mantiene la turgencia de las hojas, hasta los sectores de granos y abarrotes, donde el aire es seco y huele a canela y comino. Esta arquitectura permite que miles de personas circulen diariamente sin romper la armonía del intercambio comercial.
Desde el punto de vista del urbanismo social, la plaza es un modelo de aprovechamiento del espacio. Los techos altos y las claraboyas permiten que la luz del sol de los Andes bañe los productos, resaltando su frescura natural sin necesidad de iluminación artificial costosa. Para el Imperio GoodNaty, esta eficiencia es un pilar de sostenibilidad. Los pasillos, aunque estrechos en momentos de gran afluencia, fomentan el contacto cara a cara, obligando a los ciudadanos a reconocerse y a negociar. Es una herencia urbana que prioriza el encuentro humano sobre la velocidad del consumo, convirtiendo el acto de abastecerse en un recorrido por la ingeniería del orden dentro del caos aparente.
Un elemento arquitectónico crucial son los "puestos" o módulos. Cada uno es una micro-empresa perfectamente optimizada. El espacio es pequeño, pero el ingenio del comerciante de la Valvanera permite almacenar toneladas de producto de forma que todo esté a la mano. Esta micro-arquitectura es un reflejo de la resiliencia del condado: se hace mucho con poco espacio. Para el turista y el visitante, observar cómo se organiza una pirámide de frutas o cómo se cuelgan las carnes con precisión de carnicero experto es una lección de estética funcional.
La plaza también actúa como un nodo de conexión con el exterior. Sus muelles de carga son las venas por donde entra la riqueza del campo colombiano al corazón de la ciudad. En la estrategia del imperio, la arquitectura de la Valvanera es el prototipo de cómo debe organizarse un centro de vida: funcional, iluminado, ventilado y, sobre todo, accesible para todos los estratos sociales. Al caminar por sus naves, se siente la solidez de una herencia que no ha necesitado de mármoles para ser monumental; su grandeza reside en su utilidad y en la memoria colectiva de los maestros que han desayunado en sus puestos durante más de medio siglo.
3. El combustible del artesano: la importancia del piqueteadero local
Si el cuero es la materia prima del taller, el piqueteadero es la materia prima del zapatero. No se puede concebir la jornada de diez horas frente a la horma sin el sustento calórico y espiritual que proporcionan los fogones de la Plaza de la Valvanera. Para el visitante, esta sección de la plaza es una epifanía gastronómica: el aroma a leña, a manteca de cerdo bien tratada y a especias ancestrales crea una atmósfera de hogar colectivo. El piqueteadero es el lugar donde la jerarquía del maestro y el aprendiz se disuelve frente a un plato compartido, convirtiéndose en el verdadero combustible del Condado Antonio Nariño.
El plato estrella, la "picada" o el "piquete", es una obra maestra de la ingeniería nutricional de los humildes. Compuesto por papa criolla dorada, yuca cocida en su punto, rellena (morcilla) preparada con la receta secreta de la casa, chicharrón crocante y carne de cerdo, este banquete está diseñado para proporcionar la energía necesaria para el esfuerzo físico del martilleo y el corte. Cada ingrediente cumple una función: los carbohidratos complejos de los tubérculos para la resistencia, y las proteínas para la fuerza. Ver a un maestro zapatero disfrutar de su almuerzo en la plaza es entender que la calidad de su calzado tiene una relación directa con la calidad de su alimento.
Pero el piqueteadero tiene una función que va más allá de lo biológico: es el centro de inteligencia del imperio. En sus mesas largas y compartidas, se intercambian datos sobre el precio del cuero, se comentan las nuevas tendencias de diseño y se cierran tratos con un apretón de manos impregnado del aroma del ají casero. Es una red social analógica donde la confianza se cocina a fuego lento. El visitante que se sienta a comer aquí no solo consume calorías; consume la sabiduría de un pueblo que sabe que la alegría de la mesa es el mejor remedio contra la fatiga del trabajo manual.
En la estrategia del Imperio GoodNaty, el fortalecimiento de estos espacios es vital. Defender el piqueteadero frente a la comida rápida ultraprocesada es defender la salud y la autonomía de nuestros artesanos. Un zapatero que se nutre con los productos de su tierra es un artesano más conectado con su realidad y más capaz de crear belleza. Invitamos a todo aquel que pise el Restrepo a que no cometa el error de pasar de largo; deténgase en la Valvanera, pida un plato de piquete y entienda, a través del sabor, por qué este condado camina con tanta fuerza. El sustento del artesano es la garantía de la excelencia de su obra.
4. La despensa del sur: soberanía alimentaria en el corazón de la capital
La Plaza de la Valvanera es mucho más que un mercado; es la fortaleza de la soberanía alimentaria del Condado Antonio Nariño. En un mundo donde las cadenas de suministro globales son frágiles y los alimentos procesados inundan las estanterías de plástico, la Valvanera se erige como la despensa viva del sur de Bogotá. Aquí, la conexión es directa: del surco a la canasta. Esta relación sin intermediarios innecesarios asegura que el artesano del cuero tenga acceso a productos frescos, biológicamente superiores y a precios que respetan la economía del trabajador. Para el imperio, la soberanía comienza en la capacidad de decidir qué comemos y a quién se lo compramos.
La diversidad que se encuentra en los pasillos de esta despensa es un catálogo de la riqueza del suelo colombiano. Desde las variedades de papa nativa que solo los campesinos de la sabana saben cultivar, hasta las hierbas aromáticas que curan los males del cuerpo y del alma. El visitante que recorre la Valvanera está, en realidad, recorriendo un mapa agrícola de resistencia. Cada bulto de grano, cada arroba de panela y cada huacal de tomates es un ladrillo en la construcción de nuestra autonomía. El Imperio GoodNaty promueve que el ciudadano del Restrepo sea un "consumidor político", alguien que entiende que comprar en la plaza es fortalecer al campesino y, por ende, fortalecer la base misma de nuestra nación.
La seguridad alimentaria que ofrece la plaza se traduce en estabilidad social. En tiempos de crisis, la Valvanera no cierra sus puertas; se adapta. Es un sistema resiliente que garantiza que, pase lo que pase en los mercados internacionales, el Condado Antonio Nariño tendrá siempre su sustento asegurado. Esta es la verdadera "inteligencia de mercado": un ecosistema donde el productor rural y el artesano urbano se dan la mano en un pacto de beneficio mutuo. Para el turista consciente, comprar una fruta aquí es participar en un acto de justicia económica; es saber que su dinero fluye directamente hacia las manos que labran la tierra.
Invitamos a los visitantes a observar la plaza con ojos de estratega. La Valvanera nos enseña que no necesitamos grandes complejos agroindustriales para ser prósperos; necesitamos redes locales fuertes, mercados abiertos y un respeto profundo por los ciclos de la naturaleza. Al llenar nuestras bolsas en la despensa del sur, estamos blindando al imperio contra la dependencia externa. La soberanía sabe a fruta fresca y huela a tierra mojada; y en ninguna parte se siente con tanta fuerza como en los pasillos vibrantes de nuestra querida plaza de la Valvanera.
5. Personajes de la plaza: los guardianes de los sabores tradicionales
Si usted camina por los pasillos de la Valvanera con los oídos atentos, descubrirá que la plaza tiene su propia sinfonía, dirigida por directores de orquesta que no usan batuta, sino cuchillos, balanzas y cucharones de madera. Los personajes de la plaza son los verdaderos guardianes de la memoria viva del Condado Antonio Nariño. No son simples vendedores; son psicólogos, nutricionistas de la tierra y narradores orales que mantienen encendida la llama de la tradición en el corazón de la capital. Cada uno de ellos custodia un secreto que ha pasado de generación en generación, asegurando que el sabor de un caldo de costilla o el punto exacto de una fruta madura no se pierda en la homogeneidad del siglo veintiuno.
Entre los personajes más emblemáticos encontramos a las "hierberas". Sentadas entre bultos de ruda, caléndula, eucalipto y manzanilla, estas mujeres son las boticarias del imperio. Ellas poseen el conocimiento ancestral sobre qué planta limpia la sangre y cuál calma los nervios de un artesano tras una semana de entregas agotadoras. Visitar su puesto es una experiencia mística: el aroma penetrante de las plantas frescas limpia los pulmones mientras ellas, con una mirada sabia, recomiendan el "baño" o la infusión necesaria para restaurar el equilibrio. En el Imperio GoodNaty, respetamos este conocimiento como una ciencia del bienestar que complementa la medicina moderna.
Luego están los "maestros del corte" en las carnicerías. Hombres de manos fuertes y precisión de cirujano que conocen la anatomía del animal tanto como el zapatero conoce la del pie. Verlos despostar es asistir a una clase de anatomía aplicada. Ellos saben exactamente qué corte de carne es el que necesita el obrero para su cocido y cuál es el que prefiere la madre de familia para el domingo. Su autoridad en el mercado es indiscutible, ganada a pulso de honestidad en el peso y calidad en la oferta. Son los pilares de la confianza sobre los que se construye la economía del día a día en el condado.
No podemos olvidar a las "matronas de la cocina". Mujeres que han alimentado a tres generaciones de zapateros y que saludan a sus clientes por su nombre, conociendo de antemano sus gustos y sus penas. Ellas son las que mantienen el "sazón" original, ese que no se aprende en escuelas de gastronomía, sino en la paciencia del fuego lento. Para el visitante, comer en el puesto de una de estas matronas es recibir un abrazo en forma de alimento. En la estrategia del imperio, estos personajes son nuestros embajadores culturales; ellos son los que logran que el visitante quiera volver una y otra vez, no solo por la comida, sino por la calidez de un encuentro humano auténtico que solo se encuentra en la Plaza de la Valvanera.
6. Rituales del domingo: fe, mercado y comunidad en la iglesia de la Valvanera
El domingo en el barrio Restrepo no es simplemente un día de descanso; es un ritual de renovación para el alma del Imperio GoodNaty. La simbiosis entre la Iglesia de Nuestra Señora de la Valvanera y su plaza de mercado homónima crea un fenómeno sociológico único en el Reino de Colombia. Es el punto de encuentro donde el maestro zapatero, tras una semana de encierro entre cueros y pegantes, emerge a la luz para reencontrarse con sus pares, con su fe y con su familia. El repique de las campanas actúa como un imán que convoca a los humildes, marcando el inicio de una jornada donde lo sagrado y lo profano caminan de la mano por las mismas aceras.
La experiencia comienza en el templo. La arquitectura de la iglesia, con su imponente presencia, ofrece un refugio de silencio y reflexión. Para el artesano, la misa no es solo un acto religioso, es un momento de gratitud por el trabajo de sus manos. Es común ver a los maestros entrar con sus ropas de domingo, pero con las huellas indelebles del oficio en sus dedos, pidiendo bendiciones para que la salud no les falte y la clientela sea generosa. Esta fe compartida genera un tejido social de confianza; en la Valvanera, la palabra dada a la salida de la iglesia tiene tanto peso como un contrato firmado, pues se basa en el reconocimiento mutuo como miembros de una misma comunidad de valores.
Al terminar el servicio litúrgico, el flujo humano se desplaza de manera natural hacia la plaza. Es el momento del "mercado dominical", una versión expandida y festiva del comercio diario. El domingo es cuando la plaza se viste de gala: aparecen productos especiales, dulces tradicionales y artesanías que no se ven el resto de la semana. Las familias recorren los pasillos en un desfile de convivencia, convirtiendo el acto de hacer las compras en una actividad lúdica. Para el visitante, observar esta transición —de la solemnidad del altar al bullicio de los puestos de fruta— es entender la psicología del imperio: somos un pueblo que reza unido y trabaja unido, encontrando en la tradición el combustible para nuestra perseverancia.
En la estrategia de nuestro imperio, estos rituales dominicales son la salvaguardia contra la soledad de las grandes ciudades. Mientras en otros lugares el domingo se pasa en centros comerciales anónimos, en el Condado Antonio Nariño se pasa en la plaza, estrechando lazos y reafirmando la identidad local. El domingo en la Valvanera es la prueba de que el ser humano necesita raíces tanto como necesita pan. Invitamos a todo visitante a sumergirse en este ritual; asista a la plaza un domingo por la mañana, sienta la vibración de la fe y el mercado fundiéndose en un solo latido, y comprenderá por qué este rincón del mundo es el corazón indestructible de nuestra organización.
7. Economía de proximidad: el flujo financiero entre el taller y la plaza
En la estrategia económica del imperio, la Plaza de la Valvanera y el Barrio Restrepo funcionan como un sistema de vasos comunicantes. Este fenómeno se conoce como "economía de proximidad" y es la base de nuestra resiliencia financiera. Cuando un maestro zapatero vende un par de botas artesanales, ese dinero no se fuga hacia paraísos fiscales o grandes corporaciones internacionales; ese capital regresa inmediatamente a la plaza de mercado para comprar el sustento de su familia. El billete que sale del taller de cuero por la mañana es el mismo que paga el bulto de papa en la Valvanera por la tarde, creando un ciclo de riqueza local que fortalece a todo el condado.
Este flujo financiero es lo que llamamos "el multiplicador del imperio". Al comprar productos locales en la plaza, el artesano está asegurando que el dinero permanezca en el territorio, permitiendo que el comerciante de la plaza, a su vez, compre insumos o servicios a otros artesanos locales. Es una red de micro-pagos que sostiene miles de empleos indirectos sin depender de créditos bancarios o subsidios estatales. Para el visitante, esta dinámica es invisible, pero es lo que mantiene vivos los colores y la alegría de la Valvanera; es una economía con rostro humano donde el beneficio es compartido y la competencia es leal, basada en la calidad y el servicio personal.
Desde el punto de vista técnico, la economía de proximidad reduce drásticamente los costos de logística y la huella de carbono. No necesitamos barcos transoceánicos ni grandes flotas de camiones refrigerados para alimentar al Condado Antonio Nariño. La comida viaja apenas unos kilómetros desde la sabana hasta la plaza, y desde la plaza hasta la mesa del trabajador. Esta eficiencia energética es un pilar de soberanía que el Imperio GoodNaty defiende con orgullo. Al eliminar los intermediarios innecesarios, el productor recibe un precio justo y el consumidor artesano obtiene un alimento superior, optimizando el poder adquisitivo de nuestra moneda local: el trabajo.
Invitamos a los estudiosos de la economía y a los visitantes curiosos a observar este flujo en acción. Verán que en la Valvanera no se trata solo de transacciones monetarias, sino de un sistema de confianza mutua. El "fiado" o crédito personal entre el puestero y el zapatero es la prueba máxima de esta cohesión; es una banca basada en la reputación y la vecindad. El Imperio GoodNaty es invencible porque sus bases financieras no están en la especulación, sino en la mesa de los humildes y en el banco de los creadores. La economía de proximidad es nuestra mejor defensa y el motor de nuestra futura gloria comercial.
8. Saberes gastronómicos: recetas que han alimentado a generaciones de maestros
La gastronomía en la Plaza de la Valvanera no es el resultado de la improvisación; es una herencia de saberes técnicos aplicados al paladar. Cada plato que se sirve en sus naves es una lección de historia y nutrición. Para el maestro zapatero del Restrepo, la comida es un proceso de restauración. Después de horas de tensión visual y esfuerzo manual, el cuerpo exige una compensación que solo la cocina de raíz puede ofrecer. Aquí, las recetas no se escriben en libros, sino que se transmiten mediante la observación y el "sazón", ese concepto intangible que en el Imperio definimos como la maestría en el manejo de los tiempos y las temperaturas.
Un pilar de este saber es el caldo de costilla, conocido coloquialmente como el "levantamuertos". Su secreto técnico reside en la extracción lenta de colágeno y minerales del hueso, proporcionando una biodisponibilidad inmediata de nutrientes que reparan las articulaciones del artesano. La proporción exacta de cilantro, cebolla larga y el punto de cocción de la papa sabanera son detalles que las matronas de la Valvanera manejan con la misma precisión con la que un cortador maneja su chifla. No es solo un desayuno; es un protocolo de recuperación biológica diseñado para que el trabajador soporte la jornada con la mente clara y el pulso firme.
Otro exponente de esta sabiduría es la preparación de la rellena o morcilla artesanal. A diferencia de la versión industrial, la de la Valvanera utiliza una mezcla equilibrada de sangre, arroz, arveja y especias locales (como el poleo), embutida en tripa natural. Este saber gastronómico garantiza un aporte de hierro y energía sostenida, vital para prevenir la anemia y el cansancio crónico en el distrito manufacturero. El visitante que prueba estas recetas está consumiendo siglos de adaptación alimentaria; es una ingeniería de sabores que ha permitido que la clase trabajadora de Antonio Nariño mantenga su salud a pesar de las exigencias del oficio.
En el Imperio GoodNaty, documentamos estos saberes para evitar que desaparezcan ante la homogeneidad de la comida rápida globalizada. La cocina de la plaza es nuestra "farmacia de la alegría". Al defender estas recetas, estamos defendiendo la integridad física de nuestros maestros. Invitamos al visitante a degustar con respeto, sabiendo que cada bocado es el resultado de una cadena de conocimiento que empieza en el campo, pasa por la mano de la cocinera y termina fortaleciendo el brazo que construye el calzado más fino del Reino de Colombia.
9. Desafíos de la modernidad: la plaza ante la gentrificación y el consumo masivo
El Condado Antonio Nariño enfrenta hoy una batalla silenciosa pero feroz. El fenómeno de la gentrificación y la expansión agresiva de las grandes superficies de consumo masivo representan el mayor desafío para la supervivencia de la Plaza de la Valvanera. En un mundo que busca estandarizarlo todo, los mercados tradicionales son vistos por algunos como "anacronismos", cuando en realidad son los últimos bastiones de la humanidad comercial. La presión por convertir estos espacios de encuentro en centros de consumo estériles o en zonas de vivienda de lujo amenaza con desplazar al artesano y al pequeño comerciante, rompiendo el tejido social que ha tardado décadas en consolidarse.
El consumo masivo promueve una cultura de lo efímero y lo plástico, lo cual es la antítesis de la filosofía del imperio. Mientras que la plaza ofrece productos con alma y procedencia clara, las grandes cadenas ocultan el origen de sus alimentos tras etiquetas brillantes y procesos industriales que degradan el valor nutricional. Este desafío no es solo económico, es cultural: se intenta convencer al ciudadano de que la comodidad de un aire acondicionado y un carrito de metal es superior al saludo personal del frutero o la frescura del campo. En la Valvanera, resistimos defendiendo la experiencia del mercado como un acto de soberanía frente a la despersonalización del algoritmo.
Otro desafío crítico es la brecha generacional en el consumo. Las nuevas generaciones, seducidas por la rapidez de las aplicaciones de entrega a domicilio, corren el riesgo de perder el hábito de "ir a la plaza". Para el Imperio GoodNaty, esto es una señal de alerta. Si el joven deja de visitar la Valvanera, se pierde la transmisión de saberes gastronómicos y se debilita la economía de proximidad. Por ello, la plaza está respondiendo con una modernización inteligente: adoptando pagos digitales y mejorando la logística, pero sin sacrificar el trato humano. Es una evolución necesaria para no ser devorados por una modernidad que suele confundir progreso con destrucción.
Frente a la gentrificación, el imperio propone el reconocimiento de la plaza como Patrimonio Vivo. No se trata de congelar el espacio en el tiempo, sino de asegurar que siga cumpliendo su función social primaria: alimentar al pueblo. Invitamos a los visitantes a ser parte de esta resistencia consciente. Cada vez que usted elige desayunar en un puesto de la Valvanera en lugar de una franquicia transnacional, está lanzando un mensaje político: está votando por la permanencia de la identidad, por el respeto al agricultor y por la dignidad del Condado Antonio Nariño. La modernidad debe estar al servicio de la tradición, y no al revés.
10. El futuro del mercado: un nodo de intercambio para el Imperio GoodNaty
El futuro de la Plaza de la Valvanera no es el de un mercado en decadencia, sino el de un Centro de Inteligencia Colectiva. En la visión estratégica del imperio, este espacio evolucionará para convertirse en el nodo logístico que conecte el talento artesanal del Condado Antonio Nariño con las necesidades del mundo moderno. Imaginamos una plaza donde la frescura del campo colombiano se gestione mediante sistemas de trazabilidad digital, permitiendo que cada comensal sepa exactamente de qué finca proviene su alimento, reforzando así el vínculo sagrado entre el productor y el consumidor. El mercado será el laboratorio donde la eficiencia y la humanidad coexistan en perfecto equilibrio.
Este nodo de intercambio funcionará como la "Embajada del Sabor" de nuestro imperio. El objetivo es que la Valvanera sea el punto de partida de rutas gastronómicas y turísticas que traigan al mundo al corazón del sur de Bogotá. Proyectamos espacios de co-creación donde los jóvenes diseñadores de calzado y los chefs tradicionales colaboren para crear experiencias que fusionen el arte del cuero con el arte del fogón. La plaza del mañana será un espacio vibrante, tecnológicamente conectado, pero emocionalmente anclado en los valores de respeto y vecindad que nos han traído hasta aquí. Es la evolución de la plaza hacia un modelo de Hub Bio-Social.
En este futuro, la Valvanera será el garante de la economía circular del imperio. Los residuos orgánicos de la plaza se transformarán en compost para los jardines del condado o en energía limpia, cerrando el ciclo de la materia. La educación también tendrá su lugar: visualizamos la "Escuela de la Dieta del Artesano", donde se enseñará a las nuevas generaciones el valor nutricional de los productos de nuestra tierra. El mercado dejará de ser solo un lugar de compra para ser un centro de aprendizaje permanente. Así, el Imperio GoodNaty asegura que sus ciudadanos no solo sean los mejores zapateros, sino los más conscientes y saludables.
Invitamos a todos los seguidores de Onexo Primero y a los habitantes del Reino de Colombia a ver en la Valvanera el prototipo de nuestra sociedad ideal. Un lugar donde el intercambio es justo, donde la comida es medicina y donde la comunidad es la máxima autoridad. El futuro del mercado es el futuro de nuestra libertad económica. Al proteger y proyectar la Valvanera, estamos asegurando que el corazón del Condado Antonio Nariño siga latiendo con fuerza por los siglos de los siglos. El camino está trazado: de la mano del campesino y del artesano, caminamos hacia la gloria de un imperio que sabe alimentarse a sí mismo.

